miércoles, 30 de octubre de 2019

LA PRESENTE EDICIÓN ESTARÁ VIGENTE DEL 30 DE OCTUBRE AL 3 DE NOVIEMBRE


En esta nuestra 30 edición vamos a dar respuesta a cinco preguntas que nos fueron planteadas por nuestros amigos y amigas lectores. Y que nuestro biblista y teólogo cibernético va a tratar de responder gracias a su contante espíritu de investigación.
Es muy importante tener claro que lo más importante cuando leemos la Biblia es estar seguros de que hemos comprendido todo el significado de las palabras y sobre todos de algunos conceptos relacionados con la época en que se realizaron los hechos. También nos surgen interrogantes sobre temas no bíblicos. Así es que comenzamos con nuestro encuentro de esta semana. Las preguntas planteadas para esta semana y sus respectivas respuestas son las siguientes:



1. ¿Qué sabemos realmente de Jesús?
 2. ¿Me gustaría saber Qué fue la estrella de Oriente?
3. ¿Por qué se celebra el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre?
4. Me podría explicar ¿Qué significa realmente la virginidad de María?
5. Es cierto que ¿Estuvo casado San José por segunda vez?

Muy interesante su pregunta. Comencemos diciendo que disponemos de todo lo que los testigos de su vida y de su muerte nos han transmitido: tradiciones orales y escritas sobre su persona, entre las que destacan los cuatro evangelios, que han sido transmitidas en la realidad de la comunidad de fe viva que él estableció y que continúa hasta hoy. 
Esta comunidad es la Iglesia, compuesta por millones de seguidores de Jesús a lo largo de la historia, que le han conocido por los datos que ininterrumpida mente les trasmitieron los primeros discípulos. Los datos que hay en los evangelios apócrifos y otras referencias extra bíblicas no aportan nada sustancial a la información que nos ofrecen los evangelios canónicos, tal como han sido trasmitidos por la Iglesia.
Hasta la Ilustración, creyentes y no creyentes estaban persuadidos de que lo que podíamos conocer sobre Jesús se contenía en los evangelios. Sin embargo, por ser relatos escritos desde la fe, algunos historiadores del siglo XI cuestionaron la objetividad de sus contenidos. Para estos estudiosos, los relatos evangélicos eran poco creíbles porque no contenían lo que Jesús hizo y dijo, sino lo que creían los seguidores de Jesús unos años después de su muerte. Como consecuencia, durante las décadas siguientes y hasta mediados del siglo XX se cuestionó la veracidad de los evangelios y se llegó a afirmar que de Jesús “no podemos saber casi nada” (Bultmann).
Hoy en día, con el desarrollo de la ciencia histórica, los avances arqueológicos, y nuestro mayor y mejor conocimiento de las fuentes antiguas, se puede afirmar con palabras de un conocido especialista del mundo judío del siglo I d.C. —a quien no se puede tachar precisamente de conservador— que “podemos saber mucho de Jesús” (Sanders). 
Por ejemplo, este mismo autor señala “ocho hechos incuestionables”, desde el punto de vista histórico, sobre la vida de Jesús y los orígenes cristianos: 
1) Jesús fue bautizado por Juan Bautista; 
2) era un Galileo que predicó y realizó curaciones; 
3) llamó a discípulos y habló de que eran doce; 
4) limitó su actividad a Israel; 
5) mantuvo una controversia sobre el papel del templo; 
6) fue crucificado fuera de Jerusalén por las autoridades romanas; 
7) tras la muerte de Jesús, sus seguidores continuaron formando un movimiento identificable; 
8) al menos algunos judíos persiguieron a ciertos grupos del nuevo movimiento (Ga 1,13.22; Flp 3,6) y, al parecer, esta persecución duró como mínimo hasta un tiempo cercano al final del ministerio de Pablo (2 Co 11,24; Ga 5,11; 6,12; cf. Mt 23,34; 10,17).
Sobre esta base mínima en la que los historiadores están de acuerdo se pueden determinar como fidedignos desde el punto de vista histórico los otros datos contenidos en los evangelios. La aplicación de los criterios de historicidad sobre estos datos permite establecer el grado de coherencia y probabilidad de las afirmaciones evangélicas, y que lo que se contiene en esos relatos es sustancialmente cierto.
Por último, conviene recordar que lo que sabemos de Jesús es fiable y creíble porque los testigos son dignos de credibilidad y porque la tradición es crítica consigo misma. 
Además, lo que la tradición nos trasmite resiste el análisis de la crítica histórica. 
Es cierto que de las muchas cosas que se nos han trasmitido sólo algunas pueden ser demostrables por los métodos empleados por los historiadores. 
Sin embargo, esto no significa que las no demostrables por estos métodos no sucedieran, sino que sólo podemos aportar datos sobre su mayor o menor probabilidad. Y no olvidemos, por otra parte, que la probabilidad no es determinante. 
Hay sucesos muy poco probables que han sucedido históricamente. Lo que sin duda es verdad es que los datos evangélicos son razonables y coherentes con los datos demostrables. 
En cualquier caso, es la tradición de la Iglesia, en la que estos escritos nacieron, la que nos da garantías de su fiabilidad y la que nos dice cómo interpretarlos.

2. ¿Qué fue la estrella de Oriente?

Podemos afirmar que la estrella de Oriente se menciona en el evangelio de San Mateo. 
Unos magos preguntan en Jerusalén: “Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt 2,2).

Los dos capítulos iniciales de los evangelios de San Mateo y San Lucas narran algunas escenas de la infancia de Jesús, por lo que se suelen denominar “evangelios de la infancia”. 
La estrella aparece en el “evangelio de la infancia” San Mateo. Los evangelios de la infancia tienen un carácter ligeramente distinto al resto del evangelio. 
Por eso están llenos de evocaciones a textos del Antiguo Testamento que hacen los gestos enormemente significativos. 
En este sentido, su historicidad no se puede examinar de la misma manera que la del resto de los episodios evangélicos. 
Dentro de los evangelios de la infancia, hay diferencias: el de San Lucas es el primer capítulo del evangelio, pero en San Mateo es como un resumen de los contenidos del texto entero. 
El pasaje de los Magos (Mt 2,1-12) muestra que unos gentiles, que no pertenecen al pueblo de Israel: descubren la revelación de Dios a través de su estudio y sus conocimientos humanos (las estrellas), pero no llegan a la plenitud de la verdad más que a través de las Escrituras de Israel.
En tiempos de la composición del evangelio era relativamente normal la creencia de que el nacimiento de alguien importante o algún acontecimiento relevante se anunciaba con un prodigio en el firmamento. De esa creencia participaban el mundo pagano (cfr Suetonio, 
Vida de los Césares, Augusto, 94; Cicerón, De Divinatione 1,23,47; etc.) y el judío (Flavio Josefo, La Guerra de los Judíos, 5,3,310-312; 6,3,289). 
Además, el libro de los Números (caps. 22-24) recogía un oráculo en el que se decía: “De Jacob viene una estrella, en Israel se ha levantado un cetro” (Nm 24,17). Este pasaje se interpretaba como un oráculo de salvación, sobre el Mesías. En estas condiciones, ofrecen el contexto adecuado para entender el signo de la estrella.
La exégesis moderna se ha preguntado qué fenómeno natural pudo ocurrir en el firmamento que fuera interpretado por los hombres de aquel tiempo como extraordinario. 
Las hipótesis que se han dado son sobre todo tres: 
1) ya Kepler (s. XVII) habló de una estrella nueva, una supernova: se trata de una estrella muy distante en la que tiene lugar una explosión de modo que, durante unas semanas, tiene más luz y es perceptible desde la tierra; 
2) un cometa, pues los cometas siguen un recorrido regular, pero elíptico, alrededor del sol: en la parte más distante de su órbita no son perceptibles desde la tierra, pero si están cercanos pueden verse durante un tiempo. También esta descripción coincide con lo que se señala en el relato de Mateo, pero la aparición de los cometas conocidos que se ven desde la tierra no encaja en las fechas con la estrella; 
3) Una conjunción planetaria de Júpiter y Saturno. También Kepler llamó la atención sobre este fenómeno periódico, que, si no estamos equivocados en los cálculos, pudo muy bien darse en los años 6/7 antes de nuestra era, es decir, en los que la investigación muestra que nació Jesús.
3. ¿Por qué se celebra el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre?

Pregunta muy interesante y existen mucho criterios sobre el tema.
Cabe destacar que los primeros cristianos no parece que celebrasen su cumpleaños (cf., por ej., Orígenes, PG XII, 495). Celebraban su dies natalis, el día de su entrada en la patria definitiva (por ej., Martirio de Policarpo 18,3), como participación en la salvación obrada por Jesús al vencer a la muerte con su pasión gloriosa.
Recuerdan con precisión el día de la glorificación de Jesús, el 14/15 de Nisán, pero no la fecha de su nacimiento, de la que nada nos dicen los datos evangélicos.
Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre la fecha del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. 
El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221. 
La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico filocaliano del año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (“el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”). 
A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.
Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por día porque, a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el dies natalis Solis invicti, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año. 
Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como «sol de justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo» (Jn 1,4ss.). 
Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución. Es posible, no obstante, que con el transcurso del tiempo la fiesta cristiana fuera asimilando la fiesta pagana.
Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. 
En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33). 
En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero. 
La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí. Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán. 
El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz. Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).

4. ¿Qué significa la virginidad de María?
Vaya pregunta estimada amiga. Que María concibió a Jesús sin intervención de varón se afirma claramente en los dos primeros capítulos de los evangelios de San Mateo y de San Lucas: “lo concebido en ella viene del Espíritu santo”, dice el ángel a San José (Mt 1,20); y a María que pregunta “¿Cómo será eso pues no conozco varón?” el ángel le responde: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra...” (Lc 1,34-35).
Por otra parte, el hecho de que Jesús desde la Cruz encomendase su Madre a San Juan supone que la Virgen no tenía otros hijos. Que en los evangelios se mencionen a veces los “hermanos de Jesús” puede explicarse desde el uso del término “hermanos” en hebreo en el sentido de parientes próximos (Gen 13,8; etc), o pensando que San José tenía hijos de un matrimonio anterior, o tomando el término en sentido de miembro del grupo de creyentes tal como se usa en el Nuevo Testamento (Hch 1,15). 
La iglesia siempre ha creído en la virginidad de María y la ha llamado “la siempre virgen” (Lumen Gentium 52), es decir, antes, en y después del parto como confiesa una fórmula tradicional.
Por otra parte la concepción virginal de Jesús hay que entenderla como una obra del poder de Dios –“para él nada hay imposible” (Lc 1,37)- que escapa toda comprensión y toda posibilidad humanas. Nada tiene que ver con las representaciones mitológicas paganas en las que un dios se une a una mujer haciendo las veces del varón. 
En la concepción virginal de Jesús se trata de una obra divina en el seno de María similar a la creación. 
Esto es imposible de aceptar para el no creyente, como lo era para los judíos y los paganos entre los que se que se inventaron burdas historias acerca de la concepción de Jesús, como la que la atribuye a un soldado romano llamado Pantheras. 
En realidad, ese personaje es una ficción literaria sobre la que se inv
enta una leyenda para hacer burlas a los cristianos. Desde un punto de vista de la ciencia histórica y filológica, el nombre Pantheras (o Pandera) es una parodia corrupta de la palabra parthénos (en griego: virgen). 
Aquellas gentes, que utilizaban en gran parte del imperio romano de oriente el griego como lengua de comunicación, oían hablar a los cristianos de Jesús como del Hijo de la Virgen (huiós parthénou), y cuando querían burlarse de ellos lo llamaba «el hijo de Pantheras». Tales historias en definitiva sólo testimonian que la Iglesia sostenía la virginidad de María, aunque pareciera imposible.
La concepción virginal de Jesús es un signo de que Jesús es verdaderamente Hijo de Dios por naturaleza -de ahí que no tenga un padre humano-, al mismo tiempo que es verdadero hombre nacido de mujer (Gal 4,4). En los pasajes evangélicos se muestra la absoluta iniciativa de Dios en la historia humana para el advenimiento de la salvación, y que ésta se inserta en la historia misma, como muestran las genealogías de Jesús.
A Jesús, concebido por el Espíritu Santo y sin concurso de varón, se le puede comprender mejor como el nuevo Adán que inaugura una nueva creación a la que pertenece el hombre nuevo redimido por él (1 Cor 15,47; Jn 3,34).
La virginidad de María es además signo de su fe sin sombra de duda y de su entrega plena a la voluntad de Dios. Incluso se ha dicho que por esa fe María concibe a Cristo antes en su mente que en su vientre, y que “es más bienaventurada al recibir a Cristo por la fe que al concebir en su seno la carne de Cristo” (S. Agustín). Siendo virgen y madre María es también figura de la Iglesia y su más perfecta realización.
5. ¿Estuvo casado San José por segunda vez?
Según San Mateo, cuando la Santísima Virgen concibió virginalmente a Jesús, estaba desposada con San José aunque todavía no vivían juntos (Mt 1,18). Se trataba de la situación previa a los desposorios que, entre los judíos, suponía un compromiso tan fuerte y real que los comprometidos podían ser llamados ya esposo y esposa, y que sólo podía ser anulado mediante el repudio. 
Del texto de San Mateo se deduce que tras el anuncio del ángel a José explicándole que María había concebido por obra del Espíritu Santo (Mt 1,20) se casaron y pasaron a vivir juntos. 
La narración de la huida y vuelta de Egipto, y el establecimiento en Nazareth (Mat 2,13-23), lo mismo que el episodio de la presentación del niño en el Templo cuando tenía doce años acompañado por sus padres tal como relata San Lucas (Lc 2,41-45) así lo dejan entender. San Lucas, además, al narrar la anunciación del ángel a María la presenta como “una virgen desposada con José de la casa de David”. Por tanto según estos evangelios San José estuvo casado con la Santísima Virgen. Este es el dato que pertenece con certeza a la tradición histórica recogida en los evangelios.
Ahora bien, si esas fueron las segundas nupcias de San José, o si San José ya anciano y viudo no llegó a desposar a la Virgen María, sino que únicamente cuidó de ella como de una virgen a su cargo, son temas que caen en el terreno de las leyendas y que no ofrecen garantía alguna de historicidad.
La primera mención de esas leyendas se encuentra en el llamado “Protoevangelio de Santiago” en el s. II. Cuenta que María permanecía en el Templo desde los tres años y que, al cumplir los doce, los sacerdotes buscaron a alguien que se hiciera cargo de ella. Reunieron a todos los viudos del pueblo, y tras un signo prodigioso ocurrido en la vara de José, consistente en que de ella salió una paloma, entregaron a éste la custodia de la Virgen. 
Según esta leyenda, sin embargo, José no tomó a María por esposa. De hecho cuando el ángel se le aparece en sueños no le dice a José como en Mt 1,20 “no temas tomar contigo a María tu esposa”, sino “no temas por esta doncella” (XIV,2). 
Otro apócrifo más tardío que reelabora esa historia, el llamado “Pseudo Mateo”, quizás del s. VI, parece entender que María fue desposada con José, pues el sacerdote le dice a éste: “has de saber que no puede contraer matrimonio con ningún otro” (VIII, 4); pero en general habla de San José como del custodio de la Virgen. En cambio que José desposó a María se dice claramente en “El libro de la Natividad de María”, una especie de resumen del Pseudo Mateo y en la “Historia de José el carpintero” (IV,4-5).
Por tanto, no hay datos históricos que permitan afirmar que San José ya había estado casado antes. Lo más lógico es pensar que fuera un hombre joven cuando desposó a la Santísima Virgen y que sólo estuviese casado esa vez.

martes, 1 de octubre de 2019

LA PRESENTE EDICIÓN ESTARÁ VIGENTE DEL 1 AL 6 DE OCTUBRE 2019

En esta nuestra 29 edición vamos a dar respuesta a cinco preguntas que nos fueron planteadas por nuestros amigos y amigas lectores. Y que nuestro biblista y teólogo cibernético va a tratar de responder gracias a su contante espíritu de investigación.
Es muy importante tener claro que lo más importante cuando leemos la Biblia es estar seguros de que hemos comprendido todo el significado de las palabras y sobre todos de algunos conceptos relacionados con la época en que se realizaron los hechos. También nos surgen interrogantes sobre temas no bíblicos. Así es que comenzamos con nuestro encuentro de esta semana. Las preguntas planteadas para esta semana y sus respectivas respuestas son las siguientes:
  1
2. ¿Qué fiabilidad tiene el Credo, si es fruto de unos concilios que, al fin y al cabo, son reuniones de hombres?
3. ¿Se puede perder la fe? Y si se pierde, ¿cómo se puede recuperar?
4. ¿No es la Biblia un libro muy primitivo? Sus relatos de la creación y del pecado son simplemente increíbles…
5. ¿No da la impresión de que el Dios en el que creemos los cristianos es muy diferente del Dios que presenta el Antiguo Testamento?

1. ¿La fe que practican los cristianos de hoy es la misma que practicaban los primeros cristianos?

De entrada, se puede dar una respuesta claramente afirmativa. Bastaría simplemente compulsar la fe sintetizada en el Credo que recita actualmente la Iglesia, con el Credo que se empleaba en la comunidad cristiana en los primeros siglos. Una simple lectura del Catecismo de la Iglesia y de los escritos de los primeros cristianos, como san Ignacio de Antioquía, san Ireneo o san Ambrosio, nos ofrecen ya una primera aproximación al tema, que se puede corroborar, además, con los símbolos o formulaciones breves de la fe de los primeros concilios.
Fijémonos, por ejemplo, en san Ireneo de Lyon, que en el siglo II se enfrenta a unos «intelectuales» llamados gnósticos, que amenazaban a la Iglesia con una doctrina contraria a la fe profesada por ella. Escribe Ireneo una obra titulada Contra las herejías, donde demuestra que la «regla de fe» coincide en la práctica con el Credo de los Apóstoles y nos da la clave para interpretar el Credo a la luz del Evangelio.
«De hecho –recuerda Benedicto XVI–, el Evangelio predicado por san Ireneo es el que recibió de san Policarpo, obispo de Esmirna, y el Evangelio de san Policarpo se remonta al apóstol san Juan, de quien san Policarpo fue discípulo (…) El verdadero Evangelio es el transmitido por los obispos que lo recibieron en una cadena ininterrumpida desde los apóstoles» (Audiencia general, 28.03.2007). El propio Ireneo expresa de modo inequívoco que, «habiendo recibido esta predicación y esta fe [de los apóstoles], la Iglesia, aunque esparcida por el mundo entero, las conserva con esmero, como habitando en una sola mansión, y cree de manera idéntica, como no teniendo más que una sola alma y un solo corazón; y las predica, las enseña y las transmite con voz unánime» (san Ireneo, Contra las herejías, I, 10, 1-2).
Conviene añadir, además, que la fe transmitida públicamente por los apóstoles tiene un criterio de validación en la enseñanza de la Iglesia de Roma, a causa de su antigüedad y mayor apostolicidad. Sin duda, por tener su origen en las columnas del colegio apostólico, san Pedro y san Pablo:
«Todas las Iglesias –declara el Ratzinger– deben estar en armonía con la Iglesia de Roma, reconociendo en ella la medida de la verdadera tradición apostólica».
Si miramos este inmenso regalo de la fe que hemos recibido de la Iglesia en el momento presente, nuestra mirada agradecida trasciende nuestra propia individualidad. Si yo hago un acto de fe, lo hago dentro de la misma comunidad que es la Iglesia.
Como se ha recordado recientemente, cuando cada domingo se reza el Credo, «ese “creo” pronunciado individualmente, se une al de un inmenso coro en el tiempo y en el espacio, en el que todos contribuyen, por así decirlo, a una polifonía armoniosa de la fe» (Benedicto XVI, Audiencia general 31.10.2012).
Añadamos que, siguiendo a san Ireneo, al profesar nuestra fe tenemos el aval del Espíritu Santo, que nos permite superar las limitaciones espaciotemporales:
«Esta fe que hemos recibido de la Iglesia, la guarda-mos con cuidado, porque sin cesar, bajo la acción del Espíritu de Dios, como un depósito valioso conservado en un vaso excelente, rejuvenece y hace rejuvenecer al vaso mismo que lo contiene. Donde está la Iglesia, allí está también el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está también la Iglesia y toda gracia» (Ireneo, Contra las herejías, III, 24, 1).
Por último, puesto que en la pregunta se mencionaba la práctica de la fe, tanto de los primeros cristianos como de los actuales, me parece suficiente argumento aludir a la fe rubricada con el martirio, tanto en las persecuciones romanas como en los actuales mártires de la India o de Nigeria.

2. ¿Qué fiabilidad tiene el Credo, si es fruto de unos concilios que, al fin y al cabo, son reuniones de hombres?

Ciertamente, los concilios constituyen una de las principales manifestaciones del poder magisterial que la Iglesia ha recibido de su Fundador. Jesús, al final de su vida terrena, encomienda a los apóstoles, elegidos por Él, predicar por todo el mundo cuanto Él les ha enseñado (cfr. Evangelio según san Mateo 28, 19-20); y llegado el momento conveniente les envía el Espíritu Santo, que les enseñará toda la verdad. Y deberán ser sus testigos por todo el universo (cfr. Hechos de los Apóstoles 1, 8). Estos son el fin y los límites de la predicación de los apóstoles y de todos sus sucesores, los obispos.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta ya una reunión de esos «testigos» para dilucidar una cuestión surgida entre ellos mismos (cfr. 15, 28). La resolución adoptada no es algo que a ellos se les ocurriera en aquel momento, sino que dan testimonio de la palabra de Dios, bajo la asistencia del Espíritu Santo, que el mismo Cristo les había prometido (cfr. Evangelio según san Marcos 13, 11).

De este suceso apostólico se desprende la forma colegial de actuar de los apóstoles y de todos sus sucesores a través de la historia del cristianismo: no es algo que nace de distintas necesidades históricas, sino del Evangelio mismo. En efecto, la finalidad de los concilios no es otra que la predicación de la Palabra de Dios, Verdad infinita –pues de lo contrario no sería Palabra de Dios–, para lo que cuentan con la ayuda eficaz y constante del mismo Cristo y del Espíritu de la Verdad. Por eso los apóstoles se sienten seguros –con la seguridad de Dios–, en su predicación. Los apóstoles saben, y así lo afirman, que su resolución se realiza bajo la asistencia permanente del mismo Cristo (cfr. Evangelio según san Mateo 28, 18-20) y que es decisión del Espíritu Santo (cfr. Hechos de los Apóstoles 15, 28).

Los sucesores de los apóstoles, los obispos, también se reunieron muchas veces para dilucidar otras cuestiones referentes a la doctrina y disciplina apostólica, como lo manifiestan muchos documentos que nos han legado, y se caracterizan por su fidelidad total a lo que han recibido de la enseñanza apostólica: nada se puede aceptar que no se haya recibido de los apóstoles de Cristo. Así nos transmiten expresiones como «regla de fe», «regla de toda la Iglesia», «fórmula de fe», «canon de la verdad» y otras similares, que son la manifestación pública de la fe por parte de los sucesores de los apóstoles.

De esta manera nace el Credo que nosotros profesamos en sus distintas formulaciones, pero con idéntica doctrina. Los diversos artículos que integran la «fórmula de fe» de la Iglesia corresponden a otras tantas resoluciones de los sucesores de los apóstoles, los obispos de la Iglesia católica, ante los diversos problemas doctrinales que se han planteado a largo de los más de veinte siglos de su historia. Los obispos, reunidos en un concilio, no hacen otra cosa que desempeñar la misión recibida del mismo Cristo, al igual que los apóstoles, de quienes son sucesores. Gozan de la asistencia especial que Cristo les ha concedido para preservar del error la fe de la Iglesia entera y que nosotros llamamos infalibilidad. Se trata del don del Magisterio que tienen los obispos reunidos en concilio, bajo la presidencia del Romano Pontífice, cuando enseñan en nombre del mismo Cristo la verdad por Él revelada.
No obstante, en lo que se refiere a los obispos reunidos en un concilio, no siempre gozan de este don de la infalibilidad, sino que es necesario que se cumplan tres condiciones:
• que todos concuerden sobre la misma fe que ha de creerse y aplicarse a la vida, pues individualmente no tienen el don de la infalibilidad, a excepción del Romano Pontífice;
• en segundo lugar se requiere que su enseñanza se refiera a una materia de fe y costumbres cristianas;
• y finalmente, los obispos deben estar de acuerdo en su carácter obligatorio; es decir, la armonía material entre ellos no basta, sino que se requiere un acuerdo consciente.

Al igual que Cristo quiso y determinó que el apóstol Pedro (cfr. Evangelio según san Mateo 16, 18) estuviera al frente del colegio apostólico como cabeza del mismo, así también en el colegio de los obispos es necesario que esté su cabeza, el Romano Pontífice, sin el cual no existe el cuerpo episcopal ni infalibilidad alguna.

Los obispos reunidos en concilio con su cabeza son maestros expertos, con la misma autoridad que tuvo Cristo, en materia de fe y costumbres cristianas, y toman las decisiones conjuntamente para todos los fieles que integramos la Iglesia, Cuerpo de Cristo; y como infalibles que son dichas resoluciones, todos debemos aceptarlas con la obediencia de la fe, pues es el mismo Cristo quien nos habla por medio de ellos.

3. ¿Se puede perder la fe? Y si se pierde, ¿cómo se puede recuperar?

La variedad de respuestas que hemos dado los hombres a las preguntas más importantes de la vida, demuestra que todos somos un poco miopes para las cosas espirituales, morales y trascendentes. Pero sucede como si los cristianos hubieran encontrado unas gafas: las gafas de la fe.
La fe es un regalo luminoso que Dios nos da para conocer con certeza verdades difíciles de alcanzar con la inteligencia o incluso imposibles de alcanzar con nuestras solas fuerzas. Dios da este regalo a algunos desde pequeños. A otros, en la juventud o en la madurez. Quien tiene fe tiene un tesoro de enorme valor en esta vida.
Pero la fe no es como un objeto que alguien consigue y ya se puede despreocupar, como si lo hubiera guardado en un cajón, pensando que ahí seguirá cuando lo necesite… La fe es algo vivo, llamado a crecer, a desarrollarse y producir calor o frutos, como un fuego o un ser vivo. La fe es un regalo que se debe cuidar, alimentar y ejercitar.
Todos podemos tener dudas de fe, pero generalmente se resuelven pronto si se ponen los medios. En cambio, tener frecuentes dudas de fe sin resolverlas, o vivir de un modo en el que apenas se nota la fe, es normalmente un síntoma claro de que no se está cuidando. Veamos algunas formas de perder la fe, quizá no excluyéndola radicalmente, pero sí deteriorándose o debilitándose hasta que deja de ser capaz de influir en nuestra vida.
Mucha gente pierde la fe en ese sentido por no alimentarla: es decir, por dejar los sacramentos. La Iglesia nos pide que, al menos una vez a la semana, los domingos, participemos en la Misa para alimentar nuestra fe. Allí podemos recibir los sacramentos de la vida: confesión y comunión. Por desgracia mucha gente empezó a perder la fe por dejadez. También se pierde la fe por no ejercitarla, de manera que se atrofia y enferma, como un cuerpo que nunca se mueve. Cuando dejamos de rezar, de acudir a Dios, nuestra fe empieza a enfermar y comenzamos a comportarnos como quien no tiene fe, hasta que acabamos por pensar como vivimos en muchas cosas importantes, por no habernos empeñado en vivir como pensamos. Ciertamente, mucha gente pierde la fe por incoherencia.
También se pierde la fe cuando nos separamos de Dios por el pecado y no lo remediamos. Jesús dice en el evangelio que Él es la vid y nosotros los sarmientos; quien no permanece en la vid se seca. Cuando nos alejamos de Dios voluntariamente sucede que al principio el alma no lo nota mucho, igual que una rama recién cortada de un árbol sigue verde y aparentemente sana. Pero en poco tiempo la rama desgajada del tronco empieza a secarse, a perder color y vida, y termina retorciéndose sobre sí misma. Ha perdido la vida interior que la nutría. Así, mucha gente pierde la fe por no querer levantarse de sus caídas de orgullo, pereza, deslealtad, insinceridad, impureza…
La fe también se puede perder cuando no se le da alimento sano, es decir, cuando nutrimos nuestra inteligencia, para formar nuestro modo de pensar en los diversos aspectos de la vida, con ideas equivocadas, que nos vienen de lecturas, de la tele, del cine, de otras personas que han perdido la fe o nunca la tuvieron…
Las ideas son como las setas, unas son muy buenas y otras hacen daño, y algunas incluso son mortales. Es muy bueno compartir las ideas porque muchas son buenas, como las setas. Pero es importante saber de setas antes de comerlas. Basta dar un vistazo al siglo XX para comprobar que hay muchas ideas vistosas –como lo son muchas setas–, pero que hicieron grave daño a las personas y a la sociedad, e incluso eran mortales y dejaron millones de víctimas. Las peores setas son las que se confunden con las que son excelentes. Así, las peores ideas son las que se presentan como frutos de la fe y en cambio son muy venenosas cuando se dan por buenas acríticamente. Desgraciadamente mucha gente pierde la fe por falta de criterio, por no poner empeño en cuidar su formación cristiana.
En resumen, la fe es un regalo vivo que se puede perder si no se cuida, pero que también se puede adquirir y desarrollar. Quien pide a Dios la fe con insistencia, quien acude a los sacramentos con frecuencia, quien procura conocer mejor las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia, quien cuida sus lecturas e influencias, quien procura vivir en gracia de Dios y recuperarla cuanto antes por medio de la confesión si la pierde, quien reza habitualmente, se dirige a Dios y lo pone en el centro de su vida, es una persona que está creciendo y madurando en su fe, es una persona que pronto llega a tener una fe viva que empieza a dar frutos y a comunicarse a los demás.


4. ¿No es la Biblia un libro muy primitivo? Sus relatos de la creación y del pecado son simplemente increíbles…

La Biblia, más que un libro primitivo, es un libro religioso con unas peculiares características que hay que conocer si se quiere entender bien. Uno de esos rasgos, aunque no el más importante, es su antigüedad. En efecto, por una parte, su proceso de composición abarca más de 1.000 años y, por otra, los libros que forman la Biblia (biblia era el nominativo plural del término griego biblíon y significaba «libritos») narran acontecimientos de un pasado que se remonta hasta la misma creación.
Sin embargo, la Biblia no es únicamente un monumento del pasado ni puede quedarse anclado en él. Si lo hiciera, sería muy difícil que un lector del siglo XXI pudiera identificarse con unos sucesos demasiado lejanos en el tiempo.
Lo más determinante, y lo que hace posible que hoy día alguien pueda sentirse interpelado al leerla, es que posee una dimensión divina. Así, además de haber sido inspirada por el Espíritu Santo –su autor principal–, la Biblia es Sagrada Escritura, es decir, un libro recibido como sagrado en la Iglesia, donde se lee como Palabra de Dios y se hace actual para todos los hombres de todos los tiempos. Esto significa que su finalidad es marcadamente religiosa y que tiene la capacidad de explicar la realidad presente. Por eso, aunque la Biblia cuenta acontecimientos históricos, su objetivo no es escribir historia en el sentido en el que hoy entendemos esta palabra, sino que pretende interpretar religiosamente la historia del pueblo donde nace –y al que se dirige–, haciendo memoria de las intervenciones de Dios con él. Se puede decir, por tanto, que la Sagrada Escritura es el «eco de la historia de Dios con su pueblo» (J. Ratzinger, Creación y pecado, p. 31). Y a esa historia que «resuena» en la Biblia se le llama historia de la salvación.
En ese contexto hay que leer los relatos del libro del Génesis sobre la creación y el pecado original, unos relatos que a primera vista pueden parecer primitivos e increíbles. En realidad –teniendo en cuenta que los capítulos iniciales del Génesis presentan un carácter peculiar dentro de la Biblia–, se trata de unos textos muy pensados y madurados durante un largo periodo de tiempo, tal como reflejan las distintas tradiciones sobre la creación que han quedado recogidas en otros lugares de la Biblia.
Se puede afirmar, ciertamente, que estos relatos emplean un lenguaje primitivo y unas imágenes adaptadas a la mentalidad de la época, en cierto modo similares a las de otras narraciones sobre los orígenes de las culturas vecinas a Israel. En efecto, Dios, al revelarse, quiso guiar la reflexión del pueblo elegido acerca de los orígenes para que se sirviera de la concepción del mundo propia de su época en su modo de expresar y representar los misterios del comienzo.

Ahora bien, mediante ese lenguaje –calificado tanto por el Catecismo de la Iglesia Católica como por Juan Pablo II y Benedicto XVI como solemne, poético, hecho de imágenes y, en ocasiones, simbólico– se pretende expresar y hacer comprensible algo que excede al entendimiento humano, a saber, la verdad profunda sobre el origen y el sentido de todo lo que existe. Por tanto, su intención no es enseñar cómo se creó el universo, ni tiene sentido buscar en estos relatos respuestas de orden científico, sino que, de acuerdo con la intencionalidad religiosa de la Biblia, pretende responder a cuestiones de otro orden (por qué, para qué): ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Qué sentido tiene nuestra vida? ¿Por qué hay mal en el mundo? De ahí la importancia de distinguir en estos relatos entre la forma literaria (cómo se dice) y el contenido revelado (qué se dice). Así, mientras que el modo de expresión refleja una concepción del mundo de una época determinada que ha sido superada desde el punto de vista científico, el contenido expresa una afirmación teológica acerca de Dios y de la salvación que ofrece a la humanidad enseñanzas que siguen siendo válidas y actuales para el hombre y la mujer de hoy.



5. ¿No da la impresión de que el Dios en el que creemos los cristianos es muy diferente del Dios que presenta el Antiguo Testamento?

Cierto. Así podría parecer a primera vista. De hecho, muy pronto hubo cristianos que rechazaron la imagen de Dios que aparece en el Antiguo Testamento. El más famoso fue Marción, ya en la primera mitad del siglo II. Marción afirma que el Dios predicado por nuestro Señor Jesucristo es distinto del que se conocía en el Antiguo Testamento. El Dios de Jesucristo es el Dios del perdón y de la misericordia; el del Antiguo Testamento sería un Dios justiciero y vengativo, además de ignorante –en el libro del Génesis aparece preguntando a Adán dónde está– y celoso del culto que se da a otros dioses.
Y no solo Marción, también otros cristianos, que ahora conocemos como «los gnósticos», entendían que el Dios Creador no era el verdadero Dios totalmente trascendente e inaprehensible, sino una potencia celeste inferior que produjo el mundo material y que, en su ignorancia, se autoproclamó Dios. Este es el Dios que, según ellos, aparece en el Antiguo Testamento, y que intenta esclavizar a los hombres con sus leyes y preceptos; mientras que el Dios predicado por Cristo y los apóstoles – afirman– es un Dios incognoscible, al que solo tienen acceso las personas espirituales cuando, como despertadas de un sueño, se conocen a sí mismas.
No puedo detenerme mucho en cómo los santos Padres y escritores eclesiásticos reaccionaron desde el principio contra esas formas de pensar que deformaban la enseñanza del Señor y de los apóstoles, y construían un dios imaginario. San Ireneo, que escribe contra los gnósticos, y Tertuliano, que rebate a Marción, entendían que, según la Sagrada Escritura y según la lógica de las cosas, no puede haber más que un solo Dios. En efecto, el Dios del que habla Jesús es el mismo que se había revelado al pueblo de Israel, tal como lo presenta el Antiguo Testamento. Jesús mismo dice:
«Y sobre que los muertos resucitan ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, cómo le habló Dios diciendo: Yo soy el Dios de Abrahán, ¿el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos» (Evangelio según san Marcos 12, 26-27).
Los apóstoles afirman que ese mismo Dios, «el Dios de nuestros padres», es «el que ha glorificado a Jesús» (Hechos de los Apóstoles 3, 13).
Pero, al mismo tiempo, al Dios en el que creemos, aun siendo el mismo que el del Antiguo Testamento, los cristianos lo confesamos de una manera nueva: Uno en esencia y Trinidad de Personas. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Plenitud de comunión y de amor personal en sí mismo, que ha querido salirnos al encuentro, dársenos y hacernos partícipes de su divinidad trinitaria, incorporándonos a su Hijo mediante su Espíritu Santo. Creemos en Dios Trino porque así nos lo ha revelado Jesucristo. Como escribe san Juan:
«A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo Unigénito que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer» (Evangelio según san Juan 1, 18).
Desde la fe entendemos que el Dios vivo que actúa en el Antiguo Testamento es también el Dios Trino, si bien ahí no había desvelado la intimidad de su Ser como lo ha hecho a través de su Hijo Jesucristo y del envío del Espíritu Santo, sino solamente su «Nombre» y su «Gloria».
En el Antiguo Testamento «Dios se revela como el Dios que ha hecho el mundo por amor y que es fiel al hombre incluso cuando este se separa de él por el pecado» (YouCat 8). Sin esa revelación sobre Dios que encontramos en el Antiguo Testamento, no conoceríamos al verdadero Dios y no comprenderíamos quién es Jesucristo. Aunque en el Antiguo Testamento «se contienen elementos imperfectos y pasajeros», como dice el Concilio Vaticano II (constitución Dei Verbum n. 15), y a veces se hable de Dios de manera muy antropomórfica (es decir, como si Dios fuera un hombre), es así como se nos va mostrando, con pedagogía divina, la forma de actuar de Dios con los hombres, y como se prepara la venida de Nuestro Señor Jesucristo.
Los cristianos, los judíos y los musulmanes creemos en el único Dios que presenta el Antiguo Testamento, aunque unos y otros por un camino distinto: Cristo Jesús, la Ley y la Alianza, o Mahoma y el Corán.

martes, 24 de septiembre de 2019

LA PRESENTE EDICIÓN ESTARÁ VIGENTE DEL 25 AL 30 DE SETIEMBRE

En esta nuestra 28 edición vamos a dar respuesta a cinco preguntas que nos fueron planteadas por nuestros amigos y amigas lectores. Y que nuestro biblista y teólogo cibernético va a tratar de responder gracias a su contante espíritu de investigación.
Es muy importante tener claro que lo más importante cuando leemos la Biblia es estar seguros de que hemos comprendido todo el significado de las palabras y sobre todos de algunos conceptos relacionados con la época en que se realizaron los hechos. También nos surgen interrogantes sobre temas no bíblicos. Así es que comenzamos con nuestro encuentro de esta semana. Las preguntas planteadas para esta semana y sus respectivas respuestas son las siguientes:


1. Creer, al igual que amar, es una palabra con muchos significados. ¿Qué significa creer en Dios?

2. ¿Se puede demostrar la existencia de Dios? ¿Cómo puedo saber que Dios es real? Si puedo llegar a la existencia de Dios por medio de la razón, ¿para qué necesito la fe?

3. ¿No es cierto que la fe es una opción personal y respetable ante la vida, pero que no es racional, sino que está relacionada sobre todo con los sentimientos religiosos de cada uno?

4. ¿Puedo conseguir la fe por mí mismo, o solo puedo tenerla si me la da Dios? Si solo puede alcanzarse así, ¿por qué Dios se la da a unos y a otros no?

5. ¿La fe no deforma el modo de ver la realidad? ¿No puede convertir a una persona en fanática e incluso en violenta?



1. Creer, al igual que amar, es una palabra con muchos significados. ¿Qué significa creer en Dios?


Cuando utilizamos el término «creer» nos referimos a un acto humano que consiste en conocer algo que no vemos o no sabemos por nosotros mismos. 
Es imposible creer algo que vemos directamente o que sabemos científicamente. Ver o saber algo hace que desaparezca la «creencia» o «fe» que antes se tenía. Cuando creemos en algo nos referimos a lo que no está al alcance de nuestro conocimiento directo. 
A veces se utiliza la palabra «creer» en un sentido impropio, para designar más bien una opinión subjetiva. Si afirmo, por ejemplo: «creo que el otoño es la mejor época para viajar», estoy manifestando una opinión mía. De modo parecido, si alguien afirma que «cree» en las cartas astrales, en los extraterrestres o en la reencarnación, quiere decir que «no lo sabe», pero que, por alguna razón, basándose en datos o sugerencias que recoge aquí o allá, ha formado esa opinión por sí mismo. 
En cambio, «creer», en sentido propio, es resultado de la relación con otras personas y tiene también diversos significados. Quizá nos ayude exponer escalonadamente algunos de esos significados para acercarnos al sentido preciso de la fe cristiana: • 
En ocasiones, «creer» se refiere a la apuesta vital que se hace por alguien: «el entrenador creyó en mí», es decir, apostó por mi capacidad de rendimiento y éxito deportivo. • También creemos a quien simplemente nos informa para responder a algo que le hemos preguntado como, por ejemplo: «el despacho del profesor de Física es el tercero a la derecha». • En un sentido más preciso, creer designa una relación profunda entre personas: «creo en mis amigos», «creo en mi esposo» o «creo en ti». • Esa relación personal se hace única cuando da lugar a la fe religiosa, es decir, a la fe en Dios: «creo en Dios». • 
Finalmente, existe el sentido cristiano de la fe, que integra todos los sentidos anteriores y lleva a decir: «creo en ti, Señor Jesucristo». «Creo en Dios» significa que reconozco que, más allá de lo que experimento directamente o de lo que conozco científicamente, existe una realidad suprema: Dios, origen de todo lo creado, que no pertenece a este mundo, sino que es la causa y el fin de todo lo que exis-te.
A lo largo de la historia, los hombres han reconocido a Dios a través de las huellas que de Él encuentran en el cosmos y en su propia conciencia, y se han dirigido a Él como Señor de todas la cosas, fuente de los dones de la creación, juez universal que premia el bien y castiga el mal, verdad y bien sumos, etc. La relación con la divinidad da lugar así a la experiencia religiosa, que incluye creencias, ritos de culto y preceptos morales. 
La fe religiosa o fe en Dios es, por tanto, una forma de fe totalmente especial, porque la relación que implica no es con otra persona como yo, sino con Dios, un Dios personal, cuya realidad es percibida no directamente, sino de modo indirecto, es decir, a través de sus obras. «Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos», leemos en el Salmo 19. Y por eso san Pablo afirma que quienes no han conocido a Dios a través de sus obras son inexcusables (Carta a los Romanos 1, 19). El conocimiento de Dios es, por tanto, un conocimiento cierto aunque imperfecto; accesible, de modos diversos, a toda persona. Solamente a partir del reconocimiento de Dios, el hombre puede entender el sentido de su vida, ya que su origen y su fin se encuentran en la voluntad y en el plan amoroso de Dios por sus criaturas. Igualmente, solo si se reconoce a Dios como creador se puede hablar de ley natural y, por tanto, de derechos naturales, inalienables, de las personas, y de la bondad o maldad objetiva de las acciones humanas. El Concilio Vaticano II se ha referido al ateísmo moderno y ha afirmado que quien voluntariamente se esfuerza por alejar a Dios de su corazón y evitar las cuestiones religiosas, sin seguir el dictamen de su conciencia, no carece de culpa. De igual modo, ha enseñado que el conocimiento de Dios es un hecho originario, o sea, no derivado de otros factores (económicos, psicológicos, etc.), como han afirmado algunos defensores del ateísmo. 
Finalmente, ha recordado que cuando se niega a Dios, también la dignidad del hombre sufre daños gravísimos. Por su parte, el Catecismo de la Iglesia Católica recoge la afirmación clásica de que «el hombre es por naturaleza religioso» (cfr. n. 44). Lo propio de la fe religiosa es la incondicionalidad, que lleva a aceptar a Dios y sus palabras de manera absoluta, porque Él, Dios, lo dice, y no porque estén de acuerdo con la opinión propia o parezca aceptable por otras razones. Poner condiciones a Dios equivaldría a no aceptarlo como Dios.

2. ¿Se puede demostrar la existencia de Dios? ¿Cómo puedo saber que Dios es real? Si puedo llegar a la existencia de Dios por medio de la razón, ¿para qué necesito la fe?


Hay cosas que quizá nosotros no llegamos a entender o comprobar, pero que otros hombres sí saben y entienden. Son cosas que están al alcance de la razón humana. Hay otras cosas que están por encima de cualquier capacidad humana de conocimiento, y solo las podemos saber si Dios las dice y aceptamos su palabra: por fe en Dios. 
La existencia de Dios ¿es uno de esos asuntos de fe, o un asunto de razón? Que Dios existe, ¿es algo que «sabemos» por razón, o algo que «creemos» por fe? Cuando se habla del asunto, parece obvio que la cuestión de la existencia de Dios es una cuestión de fe. Pero vamos a pensar un poco.… Tener fe es aceptar algo que yo no sé o no puedo llegar a entender porque me lo dice una persona que es de fiar. Yo tengo fe en esa persona y por eso tengo fe en que es verdad lo que me dice. 
La fe es de lo que no se ve, dice san Pablo. Pues bien, yo soy un sacerdote católico, pero no tengo fe en la existencia de Dios. Es más, nunca podré tener fe en la existencia de Dios. Suena raro. Y, sin embargo, es cierto. ¿Por qué? Porque yo sé que Dios existe, por un razonamiento riguroso. Soy filósofo y me ha tocado estudiar y pensar cómo es la existencia del mundo, tanto el mundo material como el ser de las personas humanas. Y desde ahí, he llegado a la conclusión racional indudable de que Dios existe. Y como ya sé que Dios existe, no puedo tener fe en la existencia de Dios.
«Bueno –podría decirme alguien–, eso quizá usted, que se ha dedicado a eso. Pero para la gente normal la existencia de Dios es cosa de fe». Y yo pregunto: «¿Fe en quién? ¿En Dios o en mamá? ¿En Dios o en una opción cultural?». «Pues fe en Dios –me diréis–, de eso estamos hablando aquí». Tener fe en alguien presupone el conocimiento previo de que esa persona existe, y por tanto, de que puede decir algo que yo puedo creer o no. Para poder tener fe en Dios y creer lo que dice, hay que saber antes que Dios existe. Yo creo firmemente en lo que Dios ha dicho: que es Trino (es tres Personas), que Jesucristo es Dios, que la Virgen es virgen y madre de Dios, etc., pero lo creo solo porque Dios lo dice. Eso son cosas de fe. Pero saber que Dios existe no es cosa de «fe en Dios». No puede serlo: saber que alguien existe es anterior a tener fe en él y creer lo que dice. Si no, esa supuesta fe es algo irracional. Una opción, no un conocimiento. 
La fe en Dios presupone saber que Dios existe. Sea por razonamiento riguroso, o por intuición y sentido común, pero por conocimiento humano natural, la fe presupone la razón y se apoya en ella. La cuestión de «si Dios existe» es una cuestión de razón, no de fe. No puede ser de otra manera si es que estamos hablando de una persona madura y no de un niño.

3. ¿No es cierto que la fe es una opción personal y respetable ante la vida, pero que no es racional, sino que está relacionada sobre todo con los sentimientos religiosos de cada uno?


Conviene no confundir la fe con el «sentimiento religioso». Más precisamente, conviene evitar la reducción de la fe a mero sentimiento religioso. Son realidades que pertenecen a esferas distintas, aunque no absolutamente separadas. Como el espacio asignado para responder es reducido, trataré de ilustrar el asunto en pocas pinceladas. 
La fe es conocimiento, se sitúa en el plano de las certezas del ser humano, o sea, de los modos de llegar a un saber cierto sobre la realidad. Tiene una relación directa con la verdad (uno no cree en lo que sabe que es mentira), por lo que pertenece en buena medida, aunque no solo, a la inteligencia, a la razón.
El sentimiento, por su parte, reside en el plano de la vida emocional. Pertenece fundamentalmente a ese ámbito que designamos como «afectividad». Y, aunque se suele vincular la manifestación de los sentimientos con la «autenticidad» personal, su nacimiento no está relacionado de modo directo con el conocimiento de la verdad. 
Los llamados sentimientos son más bien reacciones sensibles (del tipo: «me gusta», «me asusta», «me entristece», «me alegra», etc.), más o menos complejas, ante las variadísimas percepciones o impresiones de las que está llena nuestra vida. Se podría decir que la fe es asentimiento libre de la persona ante una verdad que se le presenta como real y objetiva, pero que no es solo teórica, sino que interpela y a la vez atrae, inclinando a dar una respuesta de aceptación y acogida. 
En cambio, el sentimiento es reacción subjetiva –en gran parte automática o espontánea y dependiente de la sensibilidad personal– ante algo que se percibe, sea «objetivo» o no, sea real o imaginario, importante o trivial. En buena medida esa reacción «se impone» a la persona: no puede evitarlo. 
Además, no necesariamente es proporcionada al motivo que la provoca: se puede sentir disgusto ante una realidad objetivamente buena; o gran enfado ante algo que «no es para tanto», o que «no es para tomárselo así»; o permanecer serio ante algo «muy cómico»; etc. 
En ese sentido, cabe afirmar que el sen- timiento es «irracional»: no obedece necesariamente a la verdad objetiva ni pretende certezas. También en ese sentido, es «incomunicable» (por ejemplo, nos produce cierta frustración –que, por cierto, es también un sentimiento, no necesariamente «certero», pero real– si a alguien que nos importa no le gusta o no le emociona lo que a nosotros nos parece bonito o emocionante). 
Creo que estos puntos de contraste pueden orientar para pensar un poco en el tema: más que de modo abstracto, tratando de sacar conclusiones prácticas para la vida personal, que es lo que ahora importa. Porque está claro que los seres humanos somos complejos. No somos ni inteligencia pura, ni puras emociones. No somos ni solo cabeza, ni solo corazón. No es bueno que el corazón haga la función que corresponde a la cabeza, porque tienen funciones distintas, necesarias y no intercambiables. 
Por eso tampoco es bueno que la cabeza intente sustituir al corazón. Lo propiamente humano es tratar de armonizar adecuadamente cabeza y corazón, sin prescindir ni de la una ni del otro, pero esforzándose por tender al orden verdadero en la propia vida. No es imposible: nos ayuda la gracia de Dios. Y nos ayuda también la misma realidad, porque, como enseñan los filósofos desde la antigüedad, la verdad no es solamente verdadera, sino, por eso mismo, buena y bella, de modo que no solo habla a la inteligencia, sino simultáneamente a la voluntad y a la afectividad: a toda la persona, para que, desde su complejidad, pueda responder ante ella de manera equilibrada y total.  

4. ¿Puedo conseguir la fe por mí mismo, o solo puedo tenerla si me la da Dios? Si solo puede alcanzarse así, ¿por qué Dios se la da a unos y a otros no?




Una observación inmediata nos muestra que hay personas que creen en Jesucristo y otras que no tienen esa fe. 
Entre los que no creen, las situaciones no son idénticas: unos no creen porque nunca han oído hablar de la fe cristiana; otros no tienen fe porque, aunque pueden tener noticia del Evangelio, nunca han sido cristianos; otros finalmente no creen porque han perdido la fe que en otro tiempo poseían. 
La doctrina cristiana enseña que la fe es un acto libre del hombre y al mismo tiempo gracia de Dios. Sin la gracia no puede haber fe en Jesucristo; tampoco sin libertad pueden las personas adultas tener verdadera fe. Veamos, en primer lugar, qué significa que la fe es gracia de Dios. La fe es gracia de Dios porque solo existe como respuesta a la libre y amorosa comunicación de Dios a los hombres que llamamos revelación. 
La revelación de Dios no puede ser conquistada por el esfuerzo humano, sino solamente recibida como don gratuito. Además, quien escucha la palabra de Dios puede experimentar una atracción interior, una apertura, una inclinación a creer, que es fruto de la acción interior de Dios en el alma. En este sentido, puede compararse la fe con una barca que se nos ofrece para trasladarnos a nuevas regiones del conocimiento y de la realidad: la barca está ahí, pero es necesario querer subir a ella y aceptar las condiciones del viaje. 
Lo anterior significa que la acción interior de Dios que mueve o atrae hacia la fe solo es eficaz en quien no pone obstáculos ni se cierra al compromiso de la fe. Si el hombre se enfrenta a Dios con orgullo y le pide «pruebas» como condición para aceptarle, entonces se queda espiritualmente «ciego», porque la condición para escuchar a Dios es la humildad de quien no exige, de quien no pone condiciones, sino que se abre a su acción y deja que Él actúe. La fe solo se puede alcanzar si se desea sinceramente, se está dispuesto al compromiso que implica y se pide con humildad. Dios ofrece su revelación a todos los hombres, pero de hecho llega solamente a aquellos que escuchan la predicación, el anuncio de Cristo. 
Ahora bien, la salvación es más amplia que la revelación: quienes no tienen noticia de Jesucristo pueden llegar a la salvación a través de la fidelidad a Dios tal como lo perciben en su conciencia, y se salvan en Cristo, que es el único Salvador, aunque no lo sepan. Aquellos a quienes llega de manera suficiente el Evangelio ya han recibido la primera gracia de la fe, puesto que a ellos se les invita a aceptar el anuncio cristiano. La gracia actúa también moviéndoles a la aceptación de la fe, pero además es necesaria la conversión, la disposición de aceptar incondicionalmente a Cristo y su verdad salvadora. 
En consecuencia, quien no acepta la fe que se le ofrece es responsable de su propia situación porque no ha respondido a la gracia que le invita a aceptarla. Esto sucede con especial claridad en aquellos que después de haber recibido la fe en el bautismo la han perdido, porque no se puede perder involuntariamente la fe recibida. La razón es clara: la gracia de Dios da los medios para perseverar en la fe recibida y proporciona los medios para vencer los obstáculos que se le presentan.

5. ¿La fe no deforma el modo de ver la realidad? ¿No puede convertir a una persona en fanática e incluso en violenta?


La  fe no deforma el modo de ver la realidad. Sucede precisamente lo contrario: podemos conocerla mejor, entender su verdadero sentido, porque gracias a la fe conocemos muchas verdades sobre la realidad que nos ha transmitido su Autor. 
Es Dios mismo quien nos ha dado a conocer la respuesta completa a las grandes verdades que la persona humana se plantea desde el comienzo de la Historia: «¿Quién soy? ¿Cuál es mi origen y mi destino? ¿Qué sentido tiene mi existencia? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento?». Con la razón –una luz que también nos ha dado Dios– podemos conocer muchas verdades, pero con la fe en la revelación divina conocemos verdades que no están al alcance de nuestra razón, y que son muy importantes para vivir como hijos de Dios y alcanzar la salvación. ¿Puede la fe convertir a una persona en fanática? 
Una persona puede convertirse en fanática por muchos motivos, pero en la fe cristiana no podrá encontrar ningún apoyo para el fanatismo o la intolerancia. El fanatismo es el exceso de sentimiento o pasión, con ausencia de racionalidad, por una persona o una idea. Puede darse con facilidad, por ejemplo, en personas psíquicamente desequilibradas. 
La persona que trata de seguir a Cristo no encontrará jamás en ese Modelo una invitación al fanatismo. Encontrará, en cambio, la invitación a «dar razón de su esperanza», a encontrar la armonía entre la razón y la fe, a educar sus pasiones por medio de las virtudes, a considerar hermanos a todos los hombres, independientemente de su raza, cultura, lengua o nación. Y mucho menos puede la fe cristiana convertir a una persona en violenta. 
El hecho de que algunos a lo largo de la Historia hayan empleado la violencia para imponer sus ideas religiosas, no quiere decir que la religión sea causa de violencia. Más bien, de una persona violenta se podría decir que es violenta porque no es verdaderamente religiosa. Si un cristiano emplease la violencia para imponer la fe, estaría actuando precisamente en contra de la fe que quiere imponer. 
Las enseñanzas de Cristo se centran en el amor a Dios y a los demás. Y san Pablo expresa con claridad que hay que hacer la verdad en la caridad. La difusión de la verdad de Cristo no se hace por medio de la violencia, sino por caridad y con caridad. Refiriéndose a la lucha por la santidad, afirma san Josemaría Escrivá: «Nada más lejos de la fe cristiana que el fanatismo, con el que se presentan los extraños maridajes entre lo profano y lo espiritual sean del signo que sean. Ese peligro no existe, si la lucha se entiende como Cristo nos ha enseñado: como guerra de cada uno consigo mismo, como esfuerzo siempre renovado de amar más a Dios, de desterrar el egoísmo, de servir a todos los hombres. Renunciar a esta contienda, con la excusa que sea, es declararse de antemano derrotado, aniquilado, sin fe, con el alma caída, desparramada en complacencias mezquinas»  

Fuente informativa de esta semana: https://www.arguments.es